Un paisajista en Argel

Inauguro este blog con la misma reflexión que la mayoría de las conversaciones que se escuchan en cualquier punto de nuestro país: las dificultades cotidianas que atravesamos en estos tiempos de crisis.

Sin embargo me gustaría hacerlo bajo otra perspectiva: no la de los problemas e inconvenientes que esta situación genera (que como al resto de los ciudadanos también me afecta directamente), sino la de las oportunidades que a nivel personal y profesional se nos abren cuando tenemos que remar contracorriente.

El alarmante descenso en el volumen de mi trabajo hizo que me planteara, en septiembre de 2012 (tras estar meditándolo y rumiándolo durante varios semanas antes), sumarme a una misión comercial organizada por la Cámara de Comercio de Zaragoza, para abrir nuevos mercados en Argelia y Marruecos.

Marruecos era un país algo conocido para mí. Argelia, en cambio, era una incógnita bañada por el temor que te transmiten los medios de comunicación. Fue un viaje duro (testigo de ello son mi gente más cercana), donde incertidumbre, riesgo, impotencia y falta de confianza se sumaban a partes iguales.

De ese viaje vine con grandes vivencias y con algunos contactos de interés. Con el paso de los meses uno de esos contactos (un estudio de arquitectura e ingeniería ubicado en Argel) ha ido cuajando y se han sucedido, desde entonces, cuatro viajes más a una desconocida Argelia que empieza a ser algo más familiar para mí (incluso tengo ya un móvil de Nedjma, una compañía telefónica local).

Aunque también un poco de Orán, fundamentalmente conozco Argel, y puedo decir que esta capital rezuma caos por todos los lados: caos en el tráfico, caos en su urbanismo desaforado, caos en la organización del trabajo…

Sin embargo no puedo negar que transmite, de igual manera, un fuerte calor humano. Las gentes son cercanas y amables (al menos esa es mi experiencia), prodigándose en detalles y atenciones. Pendientes siempre de ese “paisajista español” que se ve como un espécimen exótico, a la vez que cercano (“¿tú eres del Madrid o del Barça?” «De ninguno: soy del Zaragoza»).

La Argel herencia del colonialismo francés es una ciudad decadente que intenta resurgir de sus cenizas. Blanca y verde (como la bandera de Argelia), brota de entre las laderas donde se emplaza como una joya en bruto que espera ser pulida. Grandes son sus retos: la rehabilitación del corazón de la ciudad, el establecimiento de un diálogo amable con la bahía donde se ubica, la pacificación de un tráfico exagerado donde el coche lo ocupa todo y apenas se ven motos (no hago ni mención al tema de la bici), el desarrollo de una política urbanística coherente, la potenciación de sus valores paisajísticos…

Es una ciudad que no se puede amar, pero que uno es incapaz de llegar a odiar del todo. Argel es contraste permanente: moderno-caduco, rico-pobre, falda-hiyab, oriente-occidente, verde-hormigón, risas-gritos, ventanas clásicas- antenas parabólicas…

Argel está siendo para mí una interesante experiencia profesional, pero he de confesar que, ante todo, está siendo una apasionante y enriquecedora vivencia personal.

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