Los Ficus en las calles de Argelia

Una de las cosas que más me llamó la atención cuando visité por primera vez Argel (y después también Orán) fue la trama arbórea de algunas de sus calles donde los Ficus (Ficus retusa) conforman un pórtico verde de gran atractivo visual, además de configurar un amable espacio de sombra por el que transitar.

El tronco de este árbol, rugoso y grueso, tiene rasgos más animales que vegetales y, si no fuera por ese baño blanco con el que los jardineros tiñen su corteza, parecería la extremidad de un elefante o de un dinosaurio que quiere ocultar su personalidad, cual lobo de cuento que sumerge sus patas en harina para hacerse pasar por mamá cabra.

Su copa es potente y muy ramificada desde abajo, componiendo una imbricada estructura de ramas a modo de grandes manos con dedos tortuosos, casi artríticos, que terminan difuminándose entre el verde oscuro del follaje.

Es ese porte de copa bifurcada a baja altura lo que le da una escala muy humana, generando una bóveda de sombra que matiza el dibujo de las aceras y compone trazos de luz con el sol que penetra entre los huecos de las ramas.

Los Ficus son marquesinas verdes que, podadas regularmente, generan planos siguiendo el nivel de las calles. En su parte superior brotan destellos luminosos de un color verde amarillento que contrastan con la suave sombra que se despliega en su base.

Pasear bajo estos árboles es una experiencia agradable no solo por su sombra, sino porque el espacio que configuran estas alineaciones dota de personalidad las calles donde se implantan, generando acogedoras zonas estanciales que se convierten en lugares de reposo y tertulia.

Saborear un café o un té a la sombra de los Ficus, con un envolvente crepitar de conversaciones ininteligibles flotando en el aire, es un placer al que nadie que visite Argel u Orán debe renunciar.

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