La Vallée: un jardín en movimiento, un espacio de sensaciones

En mayor o menor medida, todos conocemos el Jardín de La Vallée de Gilles Clément, cuna de su teoría del Jardín en Movimiento. Diferentes publicaciones y medios digitales nos han mostrado desde hace años imágenes de dicho jardín que nos permiten conocer la configuración del espacio y la multiplicidad de texturas y colores en él existentes.

Sin embargo las fotografías son incapaces de transmitirnos el conjunto de sensaciones que este lugar genera en el visitante.

En uno de sus textos, escrito en  la década de los ’80 y denominado L’Espace Sensible, Gilles Clément habla de los sentidos olvidados del jardín e indica que “aunque su contribución a la percepción de los espacios es pequeña (20%) graban en la memoria tantas sensaciones potentes como el sentido de la vista”.

Y es bajo esa óptica multisensorial que hay que describir el Jardín de La Vallée.

Lo primero que impresiona cuando uno se imbuye en el pequeño valle que constituye el refugio de Gilles, es el silencio. Un silencio casi desconocido en nuestra civilización, más aún cuando, a pesar de que el terreno está situado en mitad del campo, no hablamos de un paraje remoto. La actividad agrícola, ganadera y turística se encuentra muy próxima y, sin embargo, parece que la vegetación circundante genere un filtro sonoro sorprendente que nos hace redescubrir esa paz sonora que brota de la naturaleza.

Poco a poco el silencio se va dibujando con suaves sonidos que, más que alterarlo, lo van matizando con sutiles melodías interpretadas por los elementos del entorno: el roce del follaje alimentado por una tenue brisa, el crepitar de las hojas secas bajo el paso de las lagartijas, el canto de los pájaros, el crujir de la madera que sirve de esqueleto a la casa, el suave murmullo del agua del arroyo, el zumbido de los múltiples insectos que habitan el lugar.

Gilles, desde muy pequeño, visitaba este paraje sin saber que terminaría siendo su lugar de residencia. Su familia pasaba los veranos muy cerca de allí en una hacienda denominada La Grange y él, en su insaciable curiosidad por el mundo natural, se escapaba a ese pequeño barranco atraído por la gran cantidad de mariposas que lo poblaban. Desde niño sintió una especial atracción por los insectos y en este rincón perdido observaba con pasión este mundo animal.

La Vallée des Papillons (el Valle de las Mariposas), como lo nombraba Gilles, pasó a ser años después simplemente La Vallée: su casa. Él vive allí, pero los insectos y el resto de los animales permanecen y le acompañan. Su constante presencia les da derecho a un nombre específico: Léopold el corzo, Gwendoline la rana, Mash-mallow el lagarto verde, Edouarda la culebra, Marcel el conejo…

Al sonido de los animales se une el único que, proviniendo del hombre, es capaz de integrarse de manera natural en el entorno de la casa-jardín.

Gilles toma asiento con mimo y con un cierto sonrojo ante su piano de cola e, imbuido en la tenue luz del ocaso, hace brotar de él una melodía que impregna mi cuerpo y se posa suavemente sobre la vegetación que nos rodea. Es un momento fascinante que traspasa todos mis sentidos y que me hace sentir, durante un  instante, fuera de este mundo.

Evidentemente, el Jardín es un paraíso vegetal donde una gran variedad de plantas brotan y se desarrollan con vigor y eso hace que un amplio abanico de aromas se despliegue ante mi olfato. Algunos surgen de las flores, otros de la hierba segada.

El arroyo me transmite una fragancia húmeda que se matiza con otros perfumes que provienen de la vegetación aledaña y que varía según sea la zona del Jardín que se recorre.

Hay también un olor animal que se sitúa más allá de los límites de la parcela y que proviene del ganado que pasta en las praderas vecinas. Es un olor matizado por la vegetación pero que nos indica la presencia de las explotaciones bovinas del entorno.

Y, sobre todo, hay un permanente aroma a bosque: musgo, corteza, humus, follaje y tierra a partes iguales que surge de los cuatro costados, reforzando el límite sensorial del terreno.

Pero el Jardín también se vive a través del tacto. Un tacto activo, pero, fundamentalmente pasivo. Los caminos, que más que caminos son senderos, obligan a atravesar las diferentes capas de vegetación y en ese tránsito, percibimos a través de la piel las diversas texturas vegetales: desde la caricia del follaje de arces, gauras, cotinus y hayas, hasta el basto roce de guneras, genistas, carpes, cirsiums y ericas.

En otras ocasiones nuestra piel se revela ante determinados estímulos: el contacto involuntario con las ortigas, las espinas de las zarzas, la picadura de mosquitos o de alguna que otra garrapata…

Todo se apacigua cuando nos zambullimos en esa gran piscina que tanto tiempo le costó a Gilles excavar en el terreno. Un trabajo magnífico que hace que disfrutemos del baño y que nuestro cuerpo entre en resonancia con el agua tibia que le rodea, interactuando de forma íntima y directa con ella.

Por último, no podemos obviar que el Jardín de Gilles también se saborea y se hace a través de las múltiples verduras que brotan en su huerto: judías, tomates, patatas, lechugas, cebollas, rábanos, remolachas, calabacines… Toda una paleta gastronómica que se ve enriquecida por otras hierbas menores que surgen del terreno de una manera más o menos espontánea y que nos dejan en el paladar un regusto a planta silvestre que casi hemos borrado de nuestro registro culinario.

En ocasiones esas hierbas nos deparan experiencias sorprendentes.

El último día de mi estancia y teniendo también Gilles que partir al día siguiente por cuestiones de trabajo, decidimos cenar las sobras que restaban en el frigorífico y acompañar el frugal refrigerio con una ensalada de hierbas del jardín.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, esa ensalada fue el objeto de nuestra conversación. El efecto secundario de alguna de las plantas utilizadas actuó como cafeína en vena y ambos pasamos la noche en vela, sin apenas poder pegar ojo.

Los cantos nocturnos de la rana Gwendoline amenizaron mi insomnio y, con el alba, el mundo de sensaciones de La Vallée despertó de nuevo para despedir una estancia mágica que vino a enriquecer, de manera sorprendente y cautivadora, las imágenes ya conocidas del Jardín de Gilles Clément.

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Sugerente

Hace unas semanas comenzamos en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura nuestro semestre de primavera (sugerente denominación) y con él la asignatura de Proyectos de Paisaje que este año tiene un arcoíris de nacionalidades tan sugerente como la denominación del semestre.

Jóvenes procedentes de Brasil, Holanda, Italia y Bélgica, además de dos alumnos nacionales curtidos ya en nuestra metodología de trabajo, se enfrentan al difícil pero no menos atractivo reto de proyectar la restauración del Vertedero de Residuos Inertes de Jaca, un espacio de unas 20 Has con una vida estimada de entre 40 y 50 años, capaz de acoger algo más de 400.000m3 de diferentes tipos de residuos procedentes, fundamentalmente, del sector de la construcción.

Actualmente este vertedero se encuentra en una fase bastante inicial de relleno, lo cual nos permite plantear líneas futuras de trabajo que puedan tenerse en cuenta, más aun cuando contamos con el apoyo del personal técnico del Ayuntamiento de Jaca a través de un convenio firmado entre esta entidad y la Universidad de Zaragoza.

Emprendemos con ilusión este taller en el que pretendemos desarrollar estrategias y procesos capaces de trasformar la imagen de esta infraestructura en creación que, a modo de glaciar impregnado de residuos de demolición, amenaza con su morrena frontal el espacio agrícola por el que discurrirá en un futuro.

Intentamos comprender la topografía de la zona, su sistema hidrográfico, la estructura vegetal, su inserción en el territorio, la conexión con la ciudad, las potencialidades de los nuevos y futuros usos, las maneras de resolver técnicamente su sellado…

Y todo ello bajo una escala temporal que permita configurar variados y sucesivos paisajes, componiendo una imagen dinámica capaz de hacer convivir futuro y presente, funcionalidad y nuevos usos, capacidad de vertido e integración en el medio, acopio y reciclaje, técnica y estética.

Abordamos, por tanto, un proyecto sugerente, en un nuevo semestre de denominación sugerente y con un sugerente arcoíris de nacionalidades en el equipo.

¿Qué más queremos?

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Espacios Naturales Protegidos

Es un solar localizado en un barrio de Zaragoza.

Un solar que el planeamiento urbanístico recoge como Equipamiento de Asistencia y Bienestar Social.

Un solar que, por las circunstancias socioeconómicas actuales,  aún no se ha construido.

Un solar donde, años tras año, se ha ido desarrollando una vegetación espontánea fuera de los criterios urbanos que regulan su entorno más inmediato.

Un solar que, como marca la normativa municipal, se encuentra vallado y cerrado al público.

Un solar que compite en densidad, frondosidad y biodiversidad con la zona verde en la que se sitúa, cuya pobreza compositiva acentúa, aún más si cabe, el vigor de su estructura vegetal.

Un solar donde los procesos naturales se imponen al ritmo de la ciudad.

Un solar al que los bancos situados en su entorno, le dan la espalda.

Un solar, en definitiva, caracterizado por una vegetación autóctona bien estructurada, implantada sobre un suelo pensado para el bienestar social y preservado por una valla metálica que lo circunda.

Qué mejor metáfora para catalogar este solar urbano como un Espacio Natural Protegido.

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Paisajes de reconquista

En ocasiones, la ciudad abandona parte de su territorio a su propio destino demoliendo pedazos de su estructura construida.

En ocasiones, el tiempo transcurre y nadie parece hacerse cargo de esos nuevos vacíos dejándolos como herencia vergonzosa de una crisis basada en una falta de previsión.

En ocasiones, estos espacios abren la puerta a nuevas posibilidades que no se han planificado y que, sin embargo, generan resultados cuando menos sorprendentes.

La ciudad, en retirada, se sobrecoge ante la fuerza de la naturaleza que intenta recuperar el dominio que le fue usurpado hace años, quizá siglos. Es en ese momento donde la vegetación actúa de vanguardia atacando los flancos más débiles de los elementos demolidos que, faltos de fuerza y bajos de moral, ceden ante el ímpetu de las plantas pioneras.

El gris se torna en color. La línea recta se diluye. La rigidez se convierte en delicado movimiento al son del viento.

Todo se transforma.

Poco a poco surgen mantos verdes que se ramifican y se extienden sobre las superficies de hormigón. Surgen brotes de entre las grietas que fracturan la monotonía, generando un mosaico vivo y dinámico.

Nacen nuevos paisajes híbridos que, en su vocación temporal, no pierden ni un ápice de su frescura y su vigor, ofreciendo sugerentes mensajes en un nuevo y variado lenguaje que nos incitan a comprender, a aprender, a  interpretar…

Son, en definitiva, paisajes de reconquista que escriben sobre el terreno procesos y estrategias naturales con un enorme potencial compositivo.

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Micropaisajes

Escala.

El paisaje es siempre cuestión de escala.

Es una afirmación que ha impregnado mi largo proceso formativo (uno no termina nunca de aprender) y mi amplio bagaje profesional.

El paisaje no entiende de límites y trabajar sobre un proyecto exige una ida y vuelta constante en la mirada sobre el territorio para entender las claves del objeto de trabajo.

Michel Corajoud, uno de los paisajistas franceses más importantes y reconocidos, afirma:

“Todo proyecto de paisaje debería comenzar por cuestionar la aparente legitimidad de los límites convenidos para una intervención.

Hay que evitar concentrarse sobre la influencia exclusiva de un lugar. Hay que escabullirse, tomar distancia, alcanzar los límites para descubrir en ellos las diferentes salidas por las cuales nos podemos evadir.

Ampliando nuestro punto de vista, sobrepasando los límites asignados, podremos medir su resistencia, conocer su porosidad.

Nuestras escapadas determinarán, por tanto, cuáles son los verdaderos horizontes del lugar”

Es en esa educación de la mirada donde me deleito descubriendo nuevos paisajes ligados a la microescala.

Micropaisajes que surgen del azar, de la espontaneidad, de la conjunción de elementos en un momento y un lugar precisos.

Paisajes que mantienen la lógica en su pequeña escala. Que se difuminan cuando nos alejamos. Que nos pasan desapercibidos. Que retoman su anonimato…

Que pierden, injustamente, su verdadero valor.

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Jardines en huelga

Los jardineros de la contrata de mantenimiento de zonas verdes de la ciudad de Zaragoza, han retomado su trabajo después de un mes de huelga llevada a cabo para reivindicar sus derechos retributivos.

No entro ni salgo en las razones del conflicto. Es un asunto con muchos flecos y no soy yo la persona más indicada para posicionarme ante una situación que viene heredada de decisiones tomadas desde hace varias legislaturas.

Me interesan mucho más las repercusiones sobre los jardines tras varias semanas sin efectuarse las labores cotidianas de mantenimiento. Y me interesa porque las imágenes generadas en estos últimos días nos tienen que servir para abrir un serio debate sobre los modelos de gestión de las zonas verdes a implantar en una ciudad como Zaragoza, en pleno siglo XXI.

Si preguntáramos a los ciudadanos sobre estas imágenes, seguramente nos hablarían de descuido y abandono. Sin embargo, yo veo en ellas potencialidades sobre nuevos criterios de mantenimiento que nos permitan avanzar en sistemas más sostenibles tanto ambiental como económicamente. Sistemas donde seamos capaces de generar nuevas estéticas que reflejen los procesos y estrategias que se dan en el medio natural.

Esto no quiere decir que dichos modelos se apliquen en el conjunto de zonas verdes de Zaragoza. Toda ciudad posee espacios emblemáticos que, a lo largo de su historia, han caracterizado la vida de sus gentes, generando zonas donde se reconocen el conjunto de los ciudadanos. Es en estos espacios verdes donde la intervención pública debe hacerse con especial cuidado ya que la imagen resultante será el sello de calidad que se trasmita tanto a los vecinos del municipio como a la gente que visita la ciudad.

Sin embargo, nuestra capital posee grandes espacios de esparcimiento donde nuevos criterios de mantenimiento no solamente tienen cabida, sino que deben ser la clave de las nuevas políticas de gestión. Asimismo, existe una gran cantidad de espacios verdes ligados a infraestructuras que actúan como puntos de referencia visual pero que carecen de uso público (rotondas, medianas, espacios entre viales…) y sus superficies, en ocasiones, no son nada desdeñables.

En un reciente Trabajo Fin de Grado que dirigí en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Zaragoza, una de mis alumnas (Paula Gordo) cifraba entre un 10% y un 25% el total de este tipo de espacios verdes en los barrios más importantes de nuestra ciudad.

Muchos son los tabúes a romper para generar estas nuevas políticas de gestión, pero muros más altos han sido derribados por nuestra sociedad (ya no entra en nuestras cabezas el que la gente fume en espacios públicos, cuando eso era posible hasta hace poco años).

No es sólo una cuestión cultural, es una necesidad ambiental y económica. Y es en este campo donde los profesionales del paisaje tenemos una gran responsabilidad que ejercer: la de promover criterios de mantenimiento diferencial que sean capaces de generar nuevos modelos de referencia para nuestras zonas verdes urbanas.

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Los Ficus en las calles de Argelia

Una de las cosas que más me llamó la atención cuando visité por primera vez Argel (y después también Orán) fue la trama arbórea de algunas de sus calles donde los Ficus (Ficus retusa) conforman un pórtico verde de gran atractivo visual, además de configurar un amable espacio de sombra por el que transitar.

El tronco de este árbol, rugoso y grueso, tiene rasgos más animales que vegetales y, si no fuera por ese baño blanco con el que los jardineros tiñen su corteza, parecería la extremidad de un elefante o de un dinosaurio que quiere ocultar su personalidad, cual lobo de cuento que sumerge sus patas en harina para hacerse pasar por mamá cabra.

Su copa es potente y muy ramificada desde abajo, componiendo una imbricada estructura de ramas a modo de grandes manos con dedos tortuosos, casi artríticos, que terminan difuminándose entre el verde oscuro del follaje.

Es ese porte de copa bifurcada a baja altura lo que le da una escala muy humana, generando una bóveda de sombra que matiza el dibujo de las aceras y compone trazos de luz con el sol que penetra entre los huecos de las ramas.

Los Ficus son marquesinas verdes que, podadas regularmente, generan planos siguiendo el nivel de las calles. En su parte superior brotan destellos luminosos de un color verde amarillento que contrastan con la suave sombra que se despliega en su base.

Pasear bajo estos árboles es una experiencia agradable no solo por su sombra, sino porque el espacio que configuran estas alineaciones dota de personalidad las calles donde se implantan, generando acogedoras zonas estanciales que se convierten en lugares de reposo y tertulia.

Saborear un café o un té a la sombra de los Ficus, con un envolvente crepitar de conversaciones ininteligibles flotando en el aire, es un placer al que nadie que visite Argel u Orán debe renunciar.

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La ventana de nuestro salón

Esta es la ventana de nuestro salón. Esta es la vista de la que disfruto mientras como. Una imagen familiar que de tan cotidiana se vuelve casi banal.

Hoy, al igual que cada día de los que como solo en casa, miraba absorto y despreocupado este paisaje urbano enmarcado por el rectángulo del ventanal y, de repente, he visto algo en lo que nunca, en los cinco años que llevamos viviendo en esta vivienda, había reparado.

Hay veces en las que en el cerebro salta algún resorte extraño y la percepción sobre elementos habituales se transforma. Y no sabes si eso es algo positivo o si debes preocuparte porque significa que han desaparecido un centenar de neuronas de tu materia gris y lo que antes veías de una forma ahora lo ves de otra.

El caso es que estaba degustando un alberge (para los que no seáis de nuestra querida tierra aragonesa, alberge es sinónimo de albaricoque) delante de la ventana de nuestro salón y, en esa vista que disfruto mientras como, he descubierto dos paisajes que en realidad son solo uno.

El de la izquierda se identifica claramente con la imagen de la ciudad: fachadas quebradas que generan una sucesión de planos donde ventanas, balcones, aparatos de aire acondicionado, antenas parabólicas y toldos, nos muestran un lenguaje algo anodino y poco sugerente. Y en medio de esta estructura surge con fuerza el contrapunto arbóreo.

El de la derecha, en cambio,  se caracteriza por un verde intenso, casi salvaje, que sugiere una imagen de tsunami vegetal devorando los edificios que se encuentra a su paso. Se diría el confín de una ciudad que se diluye en el bosque que la rodea, metáfora de una naturaleza que es capaz de frenar el crecimiento urbano.

Son dos paisajes consecutivos y, sin embargo, casi opuestos. Dos paisajes con un muy diferente lenguaje vegetal.

Dos paisajes que, colocados por separado, nadie diría que se complementan hasta componer el puzzle de imágenes enmarcadas en la ventana de nuestro salón, de las que disfruto mientras como, y que hoy, al saltar un resorte en mi cerebro, he sido capaz de percibir como nunca hasta ahora.

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Tambores de lavadora

Son tambores de lavadora, aparentemente tirados en una calle cualquiera de una población cualquiera.

Son tambores de lavadora, sí, pero cuando uno los analiza con detalle descubre nuevos matices.

Son tambores de lavadora pero están rellenos de tierra y, de forma tímida, surgen de ellos un conjunto de brotes verdes.

Son tambores de lavadora y son unos brotes verdes, pero no hablamos ni de recuperación de la economía ni de blanqueo de dinero.

Son tambores de lavadora rellenos de tierra y no tirados en una calle cualquiera de una población cualquiera, sino colocados por alguien a una cierta distancia de una estrecha acera que apenas permite el paso de una persona.

Son tambores de lavadora pero son algo más: son bolardos de protección, son pequeñas jardineras, son, en definitiva, modestos elementos de mobiliario urbano.

Son tambores de lavadora a modo de modesto mobiliario urbano que, al igual que bancos, papeleras, farolas, paneles… han sufrido el zarpazo de un vandalismo inmisericorde.

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A propósito del blog

Mi blog es una invitación muy personal donde os convido a degustar, a pequeños bocados, un menú variado que espero sea de vuestro agrado. Como cualquier otro menú, pretende ser dinámico y diverso, pero en este inicio me gustaría aconsejaros las que podría denominar especialidades de la casa, caracterizadas en un conjunto de categorías que os paso a detallar y que iré alimentando con el paso de las semanas:

Argelia pretende mostraros mi experiencia profesional en ese país (que nace en septiembre del año pasado) bajo mi perspectiva personal, lo cual puede resultar poco objetiva, pero os aseguro que será cálida y cercana.

En Jornadas y Congresos os comentaré los foros de urbanismo y paisajismo de interés,  a los que acuda, organice o colabore, con el objeto de informaros sobre los aspectos más relevantes de los mismos.

Como profesional que soy, no podía faltar la categoría de Paisajismo, donde analizar aspectos variados de esta profesión tan apasionante y tan rica en matices.

Percepciones es una categoría que pretende mostrar las cosas bajo otro punto de vista. Es un ejercicio de extrapolación de nuestros cinco sentidos con el objetivo de enriquecer la forma de apreciar nuestro entorno.

Reciclaje popular es, para mí, un proyecto que siempre quise desarrollar y que, sin embargo, ha quedado marginado en una carpeta olvidada de mi ordenador. Analizaré, a través de esas fotos llenas de polvo digital, la riqueza de usos que la gente encuentra en objetos cuya función original se ha perdido.

Mi actual experiencia docente en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de Zaragoza, nutrirá la categoría de Universidad, exponiendo trabajos, actuaciones y, por qué no, vivencias personales que puedan ser de vuestro interés.

Hablaré también de Urbanismo, sin grandes pretensiones ya que no soy un experto, pero sí como persona que vive en una ciudad y que la percibe de forma analítica y crítica, entendiendo, asimismo, que urbanismo y paisajismo beben de fuentes muy similares.

En Vegetación analizaré las características estéticas, funcionales y compositivas de determinadas plantas (algunas llamativas, otras aparentemente banales), con el objeto de enriquecer el  lenguaje botánico de este blog.

Finalmente, la categoría de Zaragoza, hablará de mi ciudad con una perspectiva variada, intentando trasmitir (tanto a la gente local como a la que no vive aquí y/o no la conoce) las claves que la caracterizan y que la pueden hacer evolucionar hacia un mejor modelo urbano.

He aquí el menú de mi blog. Espero que os resulte apetitoso, al menos en alguno de los platos ofertados. Servíos vosotros mismos. El café corre por cuenta de la casa.

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